El conflicto entre verdad y ética en coberturas periodísticas

Más allá de las declaraciones de Mariló Montero en La Revuelta, estos días se está dando uno de los debates periodísticos más interesantes en lo que llevamos de año. En un discreto segundo plano, además. Como protagonistas, dos televisiones públicas, financiadas por dos gobiernos de distinto color y que, en mayor o menor medida, desgraciadamente, soportan la presión de sus respectivos ejecutivos. Como argumento, la publicación de unas imágenes con audio —aquí está la clave— que pueden cambiar el relato político y el curso judicial de unas de las acusadas tras la mayor catástrofe natural en España: la dana que asoló Valencia el 29 de octubre de 2024.

Se trata de un mudo, es decir, de unas imágenes captadas con sonido ambiente por una cámara que sirven de recurso para elaborar piezas informativas con el compromiso de emitirlas sin audio. En este caso fueron filmadas en el Centro de Coordinación Operativa Integrado (Cecopi) por un equipo de À Punt el día de la tragedia. En la conversación de fondo, se escucha a la exconsellera imputada, Salomé Pradas, hablar del contenido del ES-Alert, además de insistir en que se emitan sin sonido las imágenes.

Este hecho desmonta la versión de Pradas, que situaba en el ámbito técnico el envío de la alerta. De hecho, tal y como señala la jueza que instruye el caso, el sonido registrado en “dicha grabación contradice declaraciones prestadas en sede judicial y las circunstancias en que se obtienen, estaban presentes periodistas, los cuales pudieron oír lo que finalmente quedó registrado”.

À Punt decidió no difundir estas imágenes, alegando que se trataba de una “reunión reservada y a puerta cerrada, como lo es un Consejo de Ministros o una reunión de la Junta de Síndics de las Cortes Valencianes”. Según su comunicado, “en estas reuniones se permite la grabación de imagen pero no de audio. Si por alguna razón se graba audio ambiente el código deontológico periodístico impide su difusión”. Finalmente, esas imágenes han salido a la luz, pero a través de una filtración de la radiotelevisión pública valenciana a la española, a RTVE.

Más allá de la guerra de comunicados y acusaciones entre ambas cadenas públicas, este hecho plantea un debate apasionante: ¿es lícito publicar una información relevante para la sociedad si se vulnera la condición original con la que fue obtenida? Por un lado, se atenta contra uno de los principios básicos del periodismo: la honestidad y el respeto a los acuerdos éticos. Por otro, esa misma vulneración permite cumplir otra misión esencial del oficio: acercarse a la verdad y aportar pruebas que pueden ser clave para la justicia.

Es complicado posicionarse en este asunto sin una buena reflexión previa, aunque, tal vez por la gravedad de este caso, sea más sencillo. Se da un conflicto entre la ética profesional y el conocimiento de una prueba que puede ser relevante para la causa. Sin embargo, si el buen periodismo debe servir al bien de la sociedad y, en este caso, hablaríamos de ayudar a reparar y hacer justicia entre las familias de las 215 víctimas en la Comunitat Valenciana, yo tengo claro por lo que hubiera optado: por la verdad.

Limitar los tiempos al ‘Cuarto Poder’ en época electoral

Dicen que el término ‘Cuarto Poder’ para referirse a la prensa fue acuñado el escritor y político Edmund Burke en el debate de apertura de la Cámara de los Comunes del Reino Unido. En su discurso, tras repasar los tres poderes de aquel momento en el parlamento (los representantes de la Iglesia, la nobleza y los políticos), Burke señaló a la tribuna de prensa para referirse al lugar donde se sentaba el cuarto poder, en referencia a la influencia que ejercían los medios de comunicación sobre el resto. Corría el año 1787. Otras fuentes lo apropian al ensayista Williamn Hazlitt o a Lord Brougham.

Con independencia de su autoría, el término no deja lugar a dudas. Se refiere al papel guardián que tiene la prensa para con la sociedad. Un objetivo que hoy en día cabe resaltar en un contexto donde abundan las noticias falsas, los rumores y los bulos. Realmente, esto siempre ha habido, pero la sociedad ha sabido detectarlas y, en cierto modo, eran asumidas, como las promesas electorales o algunas declaraciones políticas. La diferencia de ahora es que existe una desinformación constante que impide saber lo que es cierto de lo que no. Hay ya un grupo de personas expertas en hacer negocio económico y político de todo esto.

Nos acercamos a un nuevo escenario electoral: los comicios municipales, forales y, en algún caso, autonómicos. Volverá el debate de limitar los tiempos en los medios públicos, algo que actualmente recoge la ley electoral. Las noticias que se dan en los espacios informativos de radios y televisiones públicas están tasadas en función de la representación que haya obtenido en los pasados comicios el partido en cuestión. De esta forma, quedan bloqueados los criterios periodísticos de sus profesionales y el peso de la información se reparte en segundos de emisión. Y lo peor es que no parece que haya visos de cambio, a tenor de las bochornosas opiniones de dos exvicepresidentes, Pablo Iglesias y Carmen Calvo, en ‘El Ágora de Hora 25’ de la Cadena SER.

Así las cosas, a los medios públicos se les complica la tarea de fomentar la capacidad crítica de la ciudadanía y protegerla de la desinformación, con debates de calidad sobre cuestiones políticas, sociales, económicas o culturales. Tal vez, ese día un partido no haya celebrado un acto noticiable, pero tendrá sus segundos en los informativos porque le corresponde.

Uno de los principales difamadores contemporáneos, Donald Trump, insistió en su campaña electoral en que los medios eran “el enemigo del pueblo”. La respuesta de los profesionales de la información fue contundente. Más de 200 publicaciones estadounidenses salieron en defensa de la libertad de prensa, entre ellas The Boston Globe o The New York Times. A destacar, el posicionamiento de la revista The Atlantic: «La prensa no es ni el enemigo del pueblo ni su aliado, sino su propiedad». Difícil de entender esta intromisión política y electoralista en la buena praxis periodística.

Cuando las barbas de la BBC veas cortar, pon las tuyas a remojar

La BBC es uno de los medios referentes en Europa. La corporación británica de radiodifusión cuenta con más de 50 estaciones de radio, una veintena de canales de televisión y varios sitios web enraizados en BBC Online. Este año se cumplirán 100 años de su fundación. Los pasos de este gigante de la comunicación, con ingresos de cerca de 6.000 millones de euros, permiten inturir hacia donde navega el sector de la comunicación.

Esta semana el director general de la BBC, Tim Davie, anunciaba ante el personal que impulsará un plan para ahorrar y después reinvertir 587 millones de euros con el fin de generar ingresos comerciales adicionales. Es decir, recortar por un lado para invertir por otro con un horizonte claro: digitalizar sus operaciones en los próximos años. «Este es el momento de construir una BBC con prioridad en lo digital», afirmaba Davie.

Lo más drástico será la pérdida de empleo, cifrada en mil puestos, que se suman a otros 450 despidos que se produjeron a comienzos de 2020. Más allá del terreno laboral, el plan recoge otras medidas. Dejarán de transmitirse de forma lineal el canal cultural BBC 4 y el infantil CBBC (Children BBC). Se unificará la emisión de sus dos canales de noticias actuales en BBC News, tanto para Reino Unido como para el resto del mundo, siempre con la posibilidad de retransmisiones separadas, según lo que suceda en el país y en el extrajero. Y, tal vez, el objetivo más ambicioso: que su aplicación iPlayer alcance el 75 % de la audiencia de la BBC.

Algo similar buscan con la radio al pretender mover los 34 millones de oyentes semanales del transistor a usuarios habituales de BBC Sounds, la plataforma donde se agrupan todas las radios, audios y podcast de la corporación. Además, BBC Radio 4, la estación más cara del grupo, solo se emitirá a través de internet.

Y en medio de todo esto, según su comunicado, impulsarán nuevos contenidos y formatos bajo demanda para noticias y actualidad en iPlayer y Sounds. Esto sin olvidar el periodismo local, con mayores inversiones en la programación regional y sistemas bajo demanda para el contenido más cercano.

Para explicar todo esto, en el argumentario de la dirección destacan dos razones: el descenso de consumidores en los medios tradicionales y, sobre todo, la particular situación del Reino Unido y el cánon que paga cada hogar por cada televisor (187 euros).

No cabe duda que en los últimos años, pandemia mediante, se ha dado un salto cualitativo y cuantitativo en la digitalización de los medios de comunicación. Ya no basta con reflejar el contenido creado para su emisión lineal, sino que cada vez se destinan más recursos a producir noticias exclusivas para su distribución en internet. Se está produciendo un volcado progresivo del contenido a estas nuevas formas de consumo.

Este plan que ha presentado de forma interna la BBC no cuenta con fechas —alguna de las medidas se aplicaría como pronto en 2025—, pero ya dibuja el horizonte para los próximos años. Medios de comunicación fuertes en el ecosistema de internet, con una estrategia sólida en consumo a la carta, pero sin dejar de lado canales de emisión lineal para las retransmisiones o las últimas horas.