A propósito de la foto de la semana

Luna abrazando a una de las personas que llegaron a Ceuta.

No voy a insertar lo que ha tuiteado esta semana Cristina Seguí. Son unas palabras miserables y cínicas que denotan, no ya una ideología neofascista, sino un desprecio por la vida y el sufrimiento humanos. Para el que todavía no se haya enterado: ha iniciado una cacería contra una joven voluntaria de Cruz Roja que ayudó a un migrante exhausto y desesperado al llegar a Ceuta. Tanto que Luna — así se llama la chica— se ha visto obligada a dejar las redes sociales por el acoso constante de usuarios.

La fundadora del partido de ultraderecha español ha traspasado todos los códigos morales y éticos. Su indecencia ha tomado un camino donde sólo cabe el rechazo y la condena. Peligroso a su vez, porque la extrema derecha, bajo la bandera de la libertad de expresión, ha vuelto a campar por terrenos donde hasta ahora nadie lo había hecho por estar fuera de lo comúnmente tolerable.

De sobra es sabido cómo funciona Twitter y los ingredientes necesarios para acabar siendo viralizable. Pero este peaje no debe ser a cualquier precio, y mucho menos el de las personas que, por un lado, sufren en una crisis humanitaria y que, por otro lado, intentan paliar ese sufrimiento. Me queda la esperanza de que la respuesta de la red a este comportamiento ha sido inmediata y tajante. Me surge la duda de si lo hubiera dicho a través de otro medio que no funcionará a golpe de tecla. Su mensaje de odio no tiene un pase en cualquier medio que se precie, salvo para reprobarlo.

Con todo esto, me pregunto si Cruz Roja tomará acciones legales por este ataque hacia sus cooperantes. Debería hacerlo para dejar claro que acciones como esta no deben quedar impunes. Mientras, a Seguí no le queda otra que seguir buscando un plató. Espero que nadie se lo proporcione.

Si te gusta el periodismo, te gustará la radio

La reflexión del título se recoge en el libro Periodistas de Juan Tortosa. Es tan acertada que, efectivamente, no conozco a nadie que le guste el periodismo y que no le haya entusiasmado la radio. Hay varias razones, pero la principal consiste en ser la forma de comunicación más inmediata y directa. Algo que va intrínseco en el ADN de cualquier periodista.

Solo hay que pasar una mañana en cualquier emisora. Llega un teletipo de última hora (también un tuit o un mensaje de Whatsapp, hoy en día). El periodista contrasta que la información es cierta. Va al estudio (o entra por teléfono) y lo cuenta. Y ya está.

No necesita grandes infraestructuras, y es inmediata y humilde. La radio va al mensaje, al contenido, sin rodeos, ni dejarse distraer por interferencias. Simplemente, una persona cuenta y otra escucha, en definitiva, como la comunicación diaria interpersonal. Dos cómplices que llegan incluso a intimar y a crear lazos de fidelidad.

Por eso es el medio de comunicación que más posibilidades tuvo y tiene de acercarse a la simultaneidad en la transmisión de contenidos. A esto ayuda sin duda que la programación radiofónica desde hace unos años permite interrumpirse con relativa sencillez al estar, por lo general, fragmentada en grandes programas de actualidad emitidos en directo.

La radio es silencios, voces y sonidos; es comunicación en estado puro con lo que se hace difícil que no excite a cualquiera que le guste el oficio de contar. Con esa lealtad profesional hacia el medio, no es de extrañar que se posicione como el medio más creíble para la ciudadanía, según un estudio del Eurobarómetro. Que viva para largo la radio en cualquiera de sus formatos.

Ahora, ya se ve el fondo

Seguimos en un terreno hasta ahora desconocido. La ONU ya ha calificado la pandemia del covid como la mayor crisis del mundo desde la II Guerra Mundial. Solo hay que atenerse a las cifras que nos deja. Algo más de 3 millones de casos positivos en todo el mundo, cerca de un millón de curados y 233.000 fallecidos. Junto con todas las angustias generadas a nivel laboral, social y, sobre todo, familiar.

El virus ha dejado patente el egoísmo existente en la sociedad, la incompetencia de algunos gestores y el nivel ideológico de ciertos representantes políticos con afirmaciones irresponsables y deleznables. Desde gobernantes que pedían inyectarse lejía para combatir el virus, un disparate que aterrorizó incluso a los miembros del mismo gabinete, hasta portavoces de formaciones que vinculaban los fallecidos por coronavirus con la eutanasia.

Sin embargo, el lado bonito de la pandemia, como en todo desastre, son las personas del día a día. El sistema de salud ha dejado patente que sus profesionales se toman su trabajo como un servicio esencial, a pesar de los recortes de la anterior crisis económica. Las cajeras o los repartidores también han recuperado ese prestigio que la espiral del clasismo les había robado. Y así con un sinfín de profesionales, como los taxistas, los distribuidores, los agricultores y ganaderos, los periodistas o las fuerzas y cuerpos de seguridad.

Todo esta labor vocacional, acompañada por iniciativas de ayuda a las personas más vulnerables, espontáneas y organizadas por la sociedad civil a través del voluntariado. Las relaciones vecinales vuelven a florecer con acciones de lo más variopintas desde los balcones y con guiños de complicidad, por ejemplo, a la hora de aprovechar los viajes para las compras.

‘El bicho’ ha frenado en seco el ritmo frenético que la sociedad llevaba desde finales del siglo pasado. Un parón obligatorio, eso sí, y necesario para no aumentar los casos y la consiguiente saturación de los hospitales. Todavía es pronto para medir los cambios que implantará esta pandemia, pero serán muchos, como los que acompaña a cualquier tragedia.

Este mes y medio se puede tomar de múltiples maneras. Entre otros, como tiempo improductivo, como unas frívolas vacaciones o como un reseteo existencial. Mejor este último. El confinamiento ha sido un tiempo para recordar cuál es el sentido de nuestro hacer en el mundo y qué importa realmente. Sin la cortina de la cotidianidad, estos días ha entrado luz y se ha visto el paisaje, incluso lo que está más al fondo.

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