A propósito de la foto de la semana

Luna abrazando a una de las personas que llegaron a Ceuta.

No voy a insertar lo que ha tuiteado esta semana Cristina Seguí. Son unas palabras miserables y cínicas que denotan, no ya una ideología neofascista, sino un desprecio por la vida y el sufrimiento humanos. Para el que todavía no se haya enterado: ha iniciado una cacería contra una joven voluntaria de Cruz Roja que ayudó a un migrante exhausto y desesperado al llegar a Ceuta. Tanto que Luna — así se llama la chica— se ha visto obligada a dejar las redes sociales por el acoso constante de usuarios.

La fundadora del partido de ultraderecha español ha traspasado todos los códigos morales y éticos. Su indecencia ha tomado un camino donde sólo cabe el rechazo y la condena. Peligroso a su vez, porque la extrema derecha, bajo la bandera de la libertad de expresión, ha vuelto a campar por terrenos donde hasta ahora nadie lo había hecho por estar fuera de lo comúnmente tolerable.

De sobra es sabido cómo funciona Twitter y los ingredientes necesarios para acabar siendo viralizable. Pero este peaje no debe ser a cualquier precio, y mucho menos el de las personas que, por un lado, sufren en una crisis humanitaria y que, por otro lado, intentan paliar ese sufrimiento. Me queda la esperanza de que la respuesta de la red a este comportamiento ha sido inmediata y tajante. Me surge la duda de si lo hubiera dicho a través de otro medio que no funcionará a golpe de tecla. Su mensaje de odio no tiene un pase en cualquier medio que se precie, salvo para reprobarlo.

Con todo esto, me pregunto si Cruz Roja tomará acciones legales por este ataque hacia sus cooperantes. Debería hacerlo para dejar claro que acciones como esta no deben quedar impunes. Mientras, a Seguí no le queda otra que seguir buscando un plató. Espero que nadie se lo proporcione.

Ahora, ya se ve el fondo

Seguimos en un terreno hasta ahora desconocido. La ONU ya ha calificado la pandemia del covid como la mayor crisis del mundo desde la II Guerra Mundial. Solo hay que atenerse a las cifras que nos deja. Algo más de 3 millones de casos positivos en todo el mundo, cerca de un millón de curados y 233.000 fallecidos. Junto con todas las angustias generadas a nivel laboral, social y, sobre todo, familiar.

El virus ha dejado patente el egoísmo existente en la sociedad, la incompetencia de algunos gestores y el nivel ideológico de ciertos representantes políticos con afirmaciones irresponsables y deleznables. Desde gobernantes que pedían inyectarse lejía para combatir el virus, un disparate que aterrorizó incluso a los miembros del mismo gabinete, hasta portavoces de formaciones que vinculaban los fallecidos por coronavirus con la eutanasia.

Sin embargo, el lado bonito de la pandemia, como en todo desastre, son las personas del día a día. El sistema de salud ha dejado patente que sus profesionales se toman su trabajo como un servicio esencial, a pesar de los recortes de la anterior crisis económica. Las cajeras o los repartidores también han recuperado ese prestigio que la espiral del clasismo les había robado. Y así con un sinfín de profesionales, como los taxistas, los distribuidores, los agricultores y ganaderos, los periodistas o las fuerzas y cuerpos de seguridad.

Todo esta labor vocacional, acompañada por iniciativas de ayuda a las personas más vulnerables, espontáneas y organizadas por la sociedad civil a través del voluntariado. Las relaciones vecinales vuelven a florecer con acciones de lo más variopintas desde los balcones y con guiños de complicidad, por ejemplo, a la hora de aprovechar los viajes para las compras.

‘El bicho’ ha frenado en seco el ritmo frenético que la sociedad llevaba desde finales del siglo pasado. Un parón obligatorio, eso sí, y necesario para no aumentar los casos y la consiguiente saturación de los hospitales. Todavía es pronto para medir los cambios que implantará esta pandemia, pero serán muchos, como los que acompaña a cualquier tragedia.

Este mes y medio se puede tomar de múltiples maneras. Entre otros, como tiempo improductivo, como unas frívolas vacaciones o como un reseteo existencial. Mejor este último. El confinamiento ha sido un tiempo para recordar cuál es el sentido de nuestro hacer en el mundo y qué importa realmente. Sin la cortina de la cotidianidad, estos días ha entrado luz y se ha visto el paisaje, incluso lo que está más al fondo.

ventana cortina fondo luz covid coronavirus

La paja en el ojo ajeno

Rajoy reunía el pasado sábado a todo su consejo de ministros para ver cómo podían aplicar el artículo 155 en Cataluña. Un punto de la Constitución española concreto porque habla de la supresión de una autonomía, pero, a la vez, abstracto porque no aborda las medidas necesarias “para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones”. Por ello, el Gobierno español, con el apoyo de Ciudadanos y las primeras filas del PSOE, van a abrir un libro en blanco y empezar a escribir.

Tras la reunión, conocíamos que el Estado tomará las riendas de los medios públicos catalanes, que tanta polémica han levantado semanas anteriores por el tratamiento concedido al procés soberanista. De hecho, los partidos constitucionalistas y la Sociedad Civil catalana han afirmado en varias intervenciones que TV3 es un canal al servicio del independentismo.

Rajoy y Sáez de Santamaría en una fotografía manipulada en TV3.

Bajo este punto de vista, más o menos acertado, el documento de Moncloa se compromete a que los órganos o la autoridad que se creen garanticen “la transmisión de una información veraz, objetiva y equilibrada, respetuosa con el pluralismo político, social y cultural”. Además, esa información deberá garantizar “el equilibrio territorial, así como el conocimiento y el respeto de los valores y principios contenidos en la Constitución española y el Estatut, tal y como establece el artículo 26 de la Ley 22/2015 de la comunicación audiovisual de Cataluña”. Por el momento, todo apunta a que están buscando nuevos directivos para TV3, Catalunya Radio y el organismo que las aglutina, la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales (CCMA).

Las reacciones no han tardado en llegar cuando se hizo pública la noticia. Tanto los profesionales de la casa, así como el Comité de Empresa de TV3 han mostrado un total rechazo a la intervención de la cadena pública al considerarlo como un “ataque directo, indigno e impúdico al derecho a la libertad de expresión y de información”. A este rechazo, también se unían otros tres organismos de televisiones públicas, como el Consejo de Redacción de EiTB, el Comité Intercentros de CRTVG y el Consejo de Informativos de RTVE.

Me resulta un contrasentido el hecho de que el Estado intervenga la televisón pública catalana para asegurar la pluralidad y el derecho a la buena información, cuando en TVE no lo hace. Por todos son conocidos los multiples casos de manipulación informativa denunciados por el Consejo de Informativos en los últimos cinco años, cuando la mayoría absoluta del PP impuso la elección a dedo del Presidente de RTVE. Los políticos siguen pensado que tienen el poder sobre los medios al servicio de la ciudadanía —porque ella los paga— y eso flaco favor hace a una democracia. Mientras sus señorías sigan con esta sensibilidad hacia este estilo de ” información veraz, objetiva y equilibrada”, cualquier excusa será buena para meter las zarpas. Y así hemos llegado a una RTVE y una TV3 intervendias.