El último wasap de ‘Horizonte’ vale más que días de periodismo sobre el terreno

El programa Horizonte, presentado por Iker Jiménez y Carmen Porter, suma un nuevo episodio que, como poco, resulta difícil de encajar dentro de los estándares del buen periodismo. Los bulos durante la DANA de Valencia, el negacionismo en torno a la violencia machista o ciertos comentarios polémicos sobre conflictos internacionales ya ocupaban un lugar destacado en esa lista de momentos cuestionables para la profesión. Hace unos días se añadió uno más: corregir a una corresponsal de guerra sobre el terreno con un mensaje recibido en un móvil en el plató.

Laura de Chiclana explicaba en una conexión que «no todo el mundo en Israel tiene derecho a acudir a los refugios». La corresponsal para Mediaset desde Oriente Medio añadía que «en Haifa, […] los árabes no tienen derecho a acudir a un refugio. […] Lo que dicen las autoridades es que, si ellos específicamente quieren tener un refugio, tienen que pagar alrededor de 50.000 euros para tener un refugio privado». La afirmación quedó sin réplica durante cerca de una hora, hasta que Porter, ya desde el plató, le espetaba: «Solamente una rectificación que ha hecho nuestra compañera Laura de Chiclana, que me llega desde la comunidad judía, que dicen que no es verdad que en Israel los árabes, los ciudadanos árabes israelís, no tengan derecho a los refugios antiaéreos y que tengan que pagar 50.000 euros por ellos. Esa afirmación […] no se sostiene por hechos verificados por la Ley de Defensa Civil de Israel».

Por un lado, más allá del contenido, las formas ya son problemáticas de entrada. En primer lugar, existe una distancia ética evidente entre quien cuenta una guerra y quien la comenta desde un plató. En segundo, se transmite la idea a la audiencia de que el trabajo sobre el terreno es fácilmente cuestionable desde un plató. Además, desmentir a una reportera que está allí con un simple mensaje implica igualar —o incluso situar por encima— una fuente no verificada frente a una experiencia directa. La información sobre el terreno debería tener un peso mayor que una referencia genérica como “la comunidad judía”. Lo preocupante no es solo lo que se dijo, sino desde dónde se desmintió.

Por otro, la intervención se produce en un momento en el que De Chiclana no puede responder, ni matizar. Si se tratara de una rectificación, debería haber ocupado el mismo espacio el hecho a rectificar. De esta forma, su trabajo —y el riesgo que asume por estar allí— queda relegado a un segundo plano, cuando no directamente desacreditado. Incluso, da la impresión de que no se trata tanto de una corrección como de una toma de posición alineada con el relato del Gobierno israelí. En realidad, aquí no hay verificación al introducirse una versión interesada sin contrastarla. Es decir, no se aclara la información, se sustituye un relato por otro.

Un programa debe asumir la responsabilidad sobre lo que emite. Introducir una especie de rectificación de este calibre sin explicar quién es la fuente o qué intereses responde resulta, como mínimo, poco transparente. Desdecir desde un sofá a quien pisa el terreno es como discutirle el incendio a quien huele el humo. Y si el periodismo en primera línea vale lo mismo que un wasap, entonces hemos vaciado de sentido la profesión. Lo de Porter no fue una rectificación; fue un síntoma de que este programa está muy lejos —por si aún quedaban dudas— de ser un yacimiento de información potable.

Para conocer más sobre este bulo, Maldita.es ya lo ha desgranado.

Pedro Piqueras, honestidad a pesar de todo

No ha sido fácil remar a contracorriente en una cadena donde la apuesta estaba en el entretenimiento, en parte, de bajo coste. La información deportiva pasaba desapercibida y los especiales informativos en las noches electorales ni siquiera tenían un hueco en la programación. Influidos por la imagen de la cadena, de Informativos Telecinco se podrán haber dicho muchas cosas. Algunas, injustas.

Sin embargo, es indiscutible la honestidad constatada por quien tenía la responsabilidad de dirigirlos. Pedro Piqueras ha demostrado durante casi 20 años que se puede hacer periodismo en televisión de una manera rigurosa, íntegra y honrada. Y esto no es fácil en un noticiario que perdió el liderazgo con la marcha de Pasapalabra y donde la editorialización ha llegado a estos espacios.

Piqueras podría haber intentado rascar unas décimas de cuota de pantalla trabajando la autoría de sus informativos y realzando su figura. Pero no ha sido así. En casi dos décadas, apenas ha escrito libros, protagonizado anuncios o concedido entrevistas, como sí han hecho otros comunicadores.

El hasta ahora director de Informativos Telecinco está jubilado. Sus últimos minutos en los estudios, los pasó arropado de todos sus compañeros de todas las ediciones. Ese cariño que recibió nada más terminar su último informativo y despedirse de la audiencia refleja la parte más humana de Piqueras. Así lo demostró él también en el ágape posterior.

Y por si todo esto no fuera suficiente para salir por la puerta grande, ha conseguido que le tome el relevo quien quería que fuera su sucesor: Carlos Franganillo, otro de los grandes profesionales de la información de este país.

Pedro Piqueras se retira con el fondo que le ha acompañado todos estos años: el hule de edificios de Singapur, parte del emblemático decorado que en unos días será historia.

Limitar los tiempos al ‘Cuarto Poder’ en época electoral

Dicen que el término ‘Cuarto Poder’ para referirse a la prensa fue acuñado el escritor y político Edmund Burke en el debate de apertura de la Cámara de los Comunes del Reino Unido. En su discurso, tras repasar los tres poderes de aquel momento en el parlamento (los representantes de la Iglesia, la nobleza y los políticos), Burke señaló a la tribuna de prensa para referirse al lugar donde se sentaba el cuarto poder, en referencia a la influencia que ejercían los medios de comunicación sobre el resto. Corría el año 1787. Otras fuentes lo apropian al ensayista Williamn Hazlitt o a Lord Brougham.

Con independencia de su autoría, el término no deja lugar a dudas. Se refiere al papel guardián que tiene la prensa para con la sociedad. Un objetivo que hoy en día cabe resaltar en un contexto donde abundan las noticias falsas, los rumores y los bulos. Realmente, esto siempre ha habido, pero la sociedad ha sabido detectarlas y, en cierto modo, eran asumidas, como las promesas electorales o algunas declaraciones políticas. La diferencia de ahora es que existe una desinformación constante que impide saber lo que es cierto de lo que no. Hay ya un grupo de personas expertas en hacer negocio económico y político de todo esto.

Nos acercamos a un nuevo escenario electoral: los comicios municipales, forales y, en algún caso, autonómicos. Volverá el debate de limitar los tiempos en los medios públicos, algo que actualmente recoge la ley electoral. Las noticias que se dan en los espacios informativos de radios y televisiones públicas están tasadas en función de la representación que haya obtenido en los pasados comicios el partido en cuestión. De esta forma, quedan bloqueados los criterios periodísticos de sus profesionales y el peso de la información se reparte en segundos de emisión. Y lo peor es que no parece que haya visos de cambio, a tenor de las bochornosas opiniones de dos exvicepresidentes, Pablo Iglesias y Carmen Calvo, en ‘El Ágora de Hora 25’ de la Cadena SER.

Así las cosas, a los medios públicos se les complica la tarea de fomentar la capacidad crítica de la ciudadanía y protegerla de la desinformación, con debates de calidad sobre cuestiones políticas, sociales, económicas o culturales. Tal vez, ese día un partido no haya celebrado un acto noticiable, pero tendrá sus segundos en los informativos porque le corresponde.

Uno de los principales difamadores contemporáneos, Donald Trump, insistió en su campaña electoral en que los medios eran “el enemigo del pueblo”. La respuesta de los profesionales de la información fue contundente. Más de 200 publicaciones estadounidenses salieron en defensa de la libertad de prensa, entre ellas The Boston Globe o The New York Times. A destacar, el posicionamiento de la revista The Atlantic: «La prensa no es ni el enemigo del pueblo ni su aliado, sino su propiedad». Difícil de entender esta intromisión política y electoralista en la buena praxis periodística.